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viernes, marzo 02, 2007

Cecilia

Cecilia tiene casi quince años, pero parecen 17. Es alta y delgada, con la piel morena, el pelo liso y oscuro como la noche, como sus ojos, con labios gruesos y sonrientes. Lleva las uñas pintadas de granate, los dedos cuajados de anillos grandes y extravagantes, y se tapa la boca y mira al suelo cuando ríe con voz vibrante y grave.
Tiene acento argentino y a veces cuesta entender lo que dice, pero cuando hablas con ella parece que el niño fueses tú. Habla de lo que sea y se entusiasma, y se enciende hablando de la gente a la que no soporta. Tiene alma rockera y toca la batería, aunque se queja de no haber sido capaz de mantener un grupo con sus amigas.
Cecilia también es perezosa, le cuesta arrancar por las mañanas y le gusta bromear con su madre: pegarle la etiqueta de cualquier producto en la cara o colgarse sobre su espalda mientras se deja arrastrar. Su madre se "venga" avergonzándola, y cuando arranca a cantar, Cecilia se mira con mucha atención la punta de sus zapatos.
Le gustan las ciencias, y todavía no ha decidido si quiere ser paleontóloga o médico (como su madre).
Cecilia, resumiendo, es una chica excepcional: guapa, inteligente, simpática, bastante libre y un poco loca, y lo que es más importante, es mi prima. ¿Quién dijo que conocer a la familia era aburrido?

Hasta otra.

martes, agosto 08, 2006

Darle a la tecla

En cierta ocasión alguien me dijo que deberí­a replantearme la forma en la que escribo aquí­. Quizá escribo de una forma "poco literaria", pero fue mi decisión (ver el primer o segundo post). Tampoco es que si me lo propusiese fuera a ser candidato a un Pulitzer, pero podrí­a intentar cambiar el formato, hacer un discurso menos plano y hacer algún ejercicio de estilo... Es una disyuntiva en la que me veo de vez en cuando, pero para echar algo de luz sobre este tema tendré que dar un pequeño rodeo, como es habitual en mí­.

Desde pequeño me ha encantado leer. Solí­a devorar todo libro que caí­a en mis manos, y ya desde niño desarrollé una relación reverencial con la palabra escrita. Los libros eran como pequeños estuches de mago: cuando los abrí­as nunca sabí­as lo que iba a pasar, pero la mayor parte de las veces serí­a algo increí­ble, como Mickey en "Fantasí­a", pero sin destrozos. En parte digo lo del estuche porque se necesita que tú interactúes con los frasquitos y hierbas que encuentras dentro: al poner la mano sobre "El Señor de los Anillos" yo siento una pequeña descarga, un cosquilleo eléctrico; sin embargo, y nunca dejará de sorprenderme, hay un montón de gente a la que el libro no le dice nada, no hacen ninguna pócima con los ingredientes que encuentran en él.

Si retomamos a nuestro pequeño protagonista, por aquel entonces debí­a quintuplicar el í­ndice medio de lectura para su edad. Es lógico que leyendo mucho más que sus compañeros escribiese mejor que ellos, tanto en ortografí­a como en calidad de redacción. Pero mi yo jovencito casi nunca escribí­a: soñaba con escribir, pero no se poní­a a ello, en parte porque su letra nefasta hací­a que cualquier cosa que escribiese a mano se viese horrorosa (enésimo triunfo de la forma sobre el fondo), en parte porque quizá no tení­a nada que decir (al menos nada que quisiera compartir siquiera con una hoja de papel) y, sobre todo, quizá porque ya estaba lo bastante apartado de la manada como para meter otra valla.

No todo iban a ser desgracias. Habí­a ocasiones en las que me veí­a forzado a escribir. En clase me daban una excusa en forma de redacción, descripción, poema, romance, etc. Ahora con perspectiva puedo decir que ya entonces querí­a que alguien conociese lo que escribí­a, porque, en lugar de limitarme a cumplir con el trabajo, solí­a escribir sobre lo que realmente me importaba, arriesgándome a exponerlo públicamente ante una jaurí­a de alumnos de B.U.P. sedientos de sangre. Pero tení­a sus compensaciones: la principal era, aunque yo no fuese consciente, la satisfacción de observar mi trabajo hecho. De hecho recuerdo un ejercicio de Lengua en el que tení­amos que describir algo dos veces: de forma objetiva y subjetiva. Para marcar el contraste hice una descripción objetiva deliberadanmente aséptica (el objeto en cuestión era una cueva medio derruí­da) y luego en la versión subjetiva simplemente dejé que mi imaginación se diese una vuelta por Dios sabrá que recovecos de mi cabeza. Me gustó mucho ese trabajo, pero se me puso todaví­a más cara de tonto cuando la profesora (Amparo, si me estás leyendo ¡hola!) me lo devolvió corregido. "GENIAL!!!", poní­a, en rotulador rojo.

Genial... "¿Y seguiste escribiendo?" No. Un par de años después llevé una especie de semi-diario, una versión en bloc de bolsillo de este blog, pero más tosco, más personal-sentimental y mucho más escurridizo (lo siento, el único adjetivo que hace justicia). Hasta que empecé este blog, mi actividad literaria se restringió a anotaciones para partidas de rol y a ejercicios mentales de composición, fragmentos de verso, prosa o lo que se me antojase.

Hay muchas cosas de las que me arrepiento, y una de ellas es de haber bloqueado ciertos aspectos de mí­ para aliviar parte de la presión social. La literatura fue una ví­ctima fácil e inocente. Pero, ¿por qué no retomé un enfoque más artí­stico ahora que me he soltado? Es una buena pregunta, y no tengo la respuesta, aunque no por falta de candidatas: quizá temo no ser lo bastante bueno; puede que el plazo de publicación que tení­a pensado no encajase; tal vez querí­a una expresión más directa de mis pensamientos... No lo sé. Cuando leo lo que escriben otros casi me arrepiento de mi elección, pero sólo casi. En el fondo creo que cuando me lo pida el cuerpo me arrancaré por otros estilos, así­ que cualquiera sabe.

Pero me dejaba en el tintero una de las mayores razones para escribir cómo lo hago. Durante mucho tiempo, una de las cosas que me silenciaban era que "no tení­a nada que contar". No siempre era cierto, pero sí­ solí­a pasar que se me olvidaba lo que querí­a decir antes de darle forma, o que era demasiado vago para llevarlo a cabo. Escribir en un estilo tan plano me facilita trasladar lo que pienso aquí­ antes de que se vaya de mi cabeza.

Puede que no sea la forma más artí­stica de manifestarme, pero es la mí­a, o lo es por ahora. Y, francamente, (como decí­an en "Lo que el viento se llevó") me importa un comino. Pero de especias y gastronomí­a hablaremos en otra ocasión. Mientras tanto comed sano y escribid, que mi estupidez os ilumine.

domingo, abril 23, 2006

The day the music died

Hoy no voy a hablar de música, a pesar del título. Dicen que en la canción "American Pie", Don McLean se refirió así a la muerte de Buddy Holly. A mí me recuerda a la primera vez que tuve que digerir la muerte como algo real.

Entendámonos, para mí la muerte siempre ha estado presente en la vida, como buen gallego (dicen). No me criaron creyendo que me fuese a estallar la cabeza por oír que alguien se hubiese muerto, y ya desde muy pequeño era (como sigue siendo) habitual en las conversaciones de mis familiares hacer algún que otro repaso de cuánta gente se había mudado de barrio recientemente. Incluso a alguna persona cercana a mí ya le había tocado el boleto. Pero el día al que me refiero fue la primera vez que noté el impacto de saber que no volverás a ver a un ser muy querido, muy próximo.

Mi abuelo estaba enfermo, aunque ni a él ni a mí nos habían dicho cuanto. En fin de año tenía molestias y, según supe después (él no), hacia el 5 de enero ya le habían diagnosticado un cáncer terminal con metástasis. Murió el 10 de enero, sin darme tiempo a despedirme, sin saber que se iba...

Por aquel entonces estábamos viviendo en casa de mis abuelos ("el abuelo está enfermo, la abuela no da abasto..."), así que al salir del instituto y después de recoger a mi hermano en la estación, volvimos a casa de mis abuelos para descubrir que una ambulancia se llevaba a mi abuelo al hospital. A partir de ese momento empieza la neblina. Ajetreos, carreras. Todo el mundo se va a escape mientras mi hermano y yo nos quedamos comiendo. No suelo perder el apetito por nada, pero en este caso creo que ni siquiera me había dado cuenta aún de lo que pasaba. Entre todo el ajetreo habían llegado las vecinas, que muy amables se ocuparon de recoger y fregar. Sólo nos dio mala espina que cuando acabaron con los platos empezaron con el resto de la casa, baldosa a baldosa.

Mi hermano y yo nos metimos en el salón y estuvimos cosa de una hora o dos sin cruzar palabra. Creo que ahí ya nos habíamos hecho a la idea de lo que pasaba y de lo que iba a pasar, y nos dimos cuenta de que el trastorno obsesivo con la limpiza de nuestras vecinas se debía a que preparaban la casa para el velatorio, a conciencia. Algún tiempo después, soy incapaz de precisar cuánto, sonó el teléfono y comenzamos a oír sollozos. No sé mi hermano, pero yo ya lo sabía de alguna forma. Cuándo alguna de ellas sacó valor para venir a hablar con nosotros, nos levantamos como autómatas y antes de que dijera nada (creo recordar) dijimos casi al unísono "Lo sabemos" (o quizá sólo lo pensamos, los recuerdos son difusos). La música había muerto hacía casi una hora.

No me voy a extender aquí con cuánto echo de menos a mi abuelo (hay gente de sobra que lo sabe), ni quiero llevar esta narración hasta el entierro o después, pues el momento que quería contar ya ha llegado. No importan los pésames, la desmedida cantidad de gente que había en el velatorio (que finalmente no fue en casa) ni cuánto me enfadé conmigo mismo al descubrirme bromeando en el tanatorio. Todo eso es después, ya lo había digerido.

Es curioso, pero no recuerdo todo eso con especial tristeza, sólo que me gustaría que mi abuelo hubiese conocido a mi novia, hubiese asistido a mi graduación, hubiese visto a mi hermano convertido en médico (y conocido a su novia también)...

Y eso es todo. Triste para los que nos quedamos, alegre cuándo recordamos a los que se fueron, pero nada traumático de por sí. Hubo muertes antes y hubo muertes después, pero esa fue la primera que comprendí, la primera que viví.

Espero no haber despertado recuerdos desagradables. Simplemente tenía que contarlo.

lunes, febrero 20, 2006

Metafísica de la memoria

En la última entrada comencé queriendo hablar de música, pero el tema derivó por otros derroteros, así que aquí vengo dispuesto a "desfacer" el entuerto. Decía entonces que me apetecía escuchar "Los Rodríguez", porque es una música que yo asocio con un momento concreto de mi vida y con un montón de recuerdos, la mayoría buenos, algunos malos, algunos extraños...

Supongo que la asociación de música y recuerdos es bastante común, y que cualquiera de vosotros me dirá que no tiene nada de extraño, pero lo que ya no sé si es tan común es el que varios recuerdos que non tienen mucho que ver se combinen en uno solo. Ejemplo: hay una determinada canción que a mi me recuerda a un libro que leí, a una escena en concreto, pero con la particularidad de que uno de los personajes se funde con la imagen de una compañera de clase de hace unos años. Hay más detalles, pero no deja de ser curioso que cuándo escucho la canción me acuerde aleatoriamente de la compañera, del libro, o de tardes de primavera soleadas. Por eso creo que me gusta un espectro tan amplio de música, porque con tal de que no me moleste, puedo asociar cualquier canción con el recuerdo agradable que sea, y eso puede provocar que se me salte una sonrisa al escucharla.

A través de alguno de estos discos descubrí que me encantan algunas versiones extrañas de canciones conocidas (en directo, cantadas por otra gente, a dúo...), pero que la mayor parte de las veces que se revisa una canción se fastidia a base de bien (no sé si habréis oído una versión de "One" con Bono y No-sé-qué-tía; lamentable). Supongo que es prejuicio mío y habilidad de quién canta, pero muchas de esas versiones (en concierto, presentando a la banda, etc.) me llegan e incluso me emocionan (los que creais que no es posible, saltaos esta parte) pero en otras sólo oigo ecos de falsedad y monedas en los bolsillos de ejecutivos de las discográficas... Como ya dije, supongo que son mis prejuicios.

Lo que no sé si os habrá pasado alguna vez (supongo que sí, no seamos egocéntricos) es tener unas ganas tremendas de escuchar una canción, pero no darse cuenta de cuál o de quién es. Puede llegar a ser desesperante repasar la mitad de tu archivo musical sin encontrarla.

La otra gran razón para que me guste un abanico variado de música es que tengo grandes fluctuaciones de mi estado de ánimo, no muy bruscas, pero sí va por rachas o por temporadas. En cada racha suelo escuchar música que se adapta a ella, lo que me da un rango de la canción más estúpidamente alegre al tema más triste...

Rangos, rangos y más rangos. ¿Por qué todo el mundo se empeña en que tengamos un lo-que-sea favorito? No puedo citar mi comida preferida, ni mi grupo, ni mi canción, ni bebida, y a duras penas puedo decidirme por mi persona preferida. Para mí todo son conjuntos, grupos, y si pudiera decantarme por un elemento de un conjunto, sería sólo en función del momento en el que me encuentre.

Como esto ya se va extendiendo de más y cada vez me voy más por las ramas, va siendo hora de cortar la columna. Queda pendiente la columna sobre música (¿o mejor no?).

Por último, anunciar que hay un voto a favor de que haga recopilatorio de mis referencias y citas. 1-0. ¿El que calla otorga? Si sólo se ha pronunciado una persona, ¿es que el resto no queréis o que no habláis? De todas formas, de momento tengo unas complejidades técnicas que me lo dificultan, pero ya caerá.

Hasta la próxima, que espero que sea un poco más ligera y menos dispersa.