Un pequeño apunte de sociedad... El aquí presente y alguno de sus más allegados colaboradores se han embarcado en un despropósito llamado A los mandos, un blog sobre el mundillo de los videojuegos, en el que iremos colgando reseñas de juegos, nuestras impresiones y cualquier otro disparate que se nos ocurra. ¡Ya estáis tardando en visitarlo!
Como diría el Chuache, volveré...
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viernes, enero 25, 2008
lunes, noviembre 05, 2007
Antología de curiosidades laborales
¿Habéis probado a pescar anguilas con vuestras manitas desnudas? Pues yo tampoco, pero seguro que no es muy diferente a intentar depurar errores de Javascript. Tú los buscas, sabes dónde están y casi te parece haberlos tocado, pero se escurren en tus manos cuando intentas agarralos. Sinceramente creo que si me dejáis a remojo en un río, tardo menos en salir con un pescado de lo que me ha llevado algún error idiota...
Siguiendo con símiles a destiempo, para el que tenga algún interés en sobre qué ha versado mi quehacer en los últimos tiempos (digamos un mes), podríamos dividirlo en dos categorías: whac-a-mole y asistente de Cenicienta. En la primera variante, tu (mi) jornada laboral consite en sentarte delante de un campo de topos con un martillo, un trabuco o una motosierra, que de todo hay, y descargar tu arma reglamentaria sobre la primera cabeza que asome. Largas y amenas jornadas de ejecución de pruebas en una aplicación, deseando con todas tus fuerzas que falle para tener algo que hacer un poco menos aburrido... En la segunda, te suministran una relación de pies y zapatos, y te dicen que los vayas calzando como puedas, pero, al igual que con las hermanastrísimas de la señorita C., el zapato no suele ajustar, por lo que tienes que rebanarles algún dedo o parte del talón (como hacían en la versión original del cuento) para ver si encaja. Puede que también sea necesario rehacer parte del zapato, o todo entero, intentando mantener el diseño que no cabe en el pie pero obrando el milagro de que entre. Herramientas de trabajo: set de trabajo en cuero, vaselina, serrucho y algodón, para rellenos o para cortar la hemorragia...
Así que si de mí dependiese la contratación de un nuevo programador, las habilidades imprescindibles serían:
Buenas noches, y buena suerte...
Siguiendo con símiles a destiempo, para el que tenga algún interés en sobre qué ha versado mi quehacer en los últimos tiempos (digamos un mes), podríamos dividirlo en dos categorías: whac-a-mole y asistente de Cenicienta. En la primera variante, tu (mi) jornada laboral consite en sentarte delante de un campo de topos con un martillo, un trabuco o una motosierra, que de todo hay, y descargar tu arma reglamentaria sobre la primera cabeza que asome. Largas y amenas jornadas de ejecución de pruebas en una aplicación, deseando con todas tus fuerzas que falle para tener algo que hacer un poco menos aburrido... En la segunda, te suministran una relación de pies y zapatos, y te dicen que los vayas calzando como puedas, pero, al igual que con las hermanastrísimas de la señorita C., el zapato no suele ajustar, por lo que tienes que rebanarles algún dedo o parte del talón (como hacían en la versión original del cuento) para ver si encaja. Puede que también sea necesario rehacer parte del zapato, o todo entero, intentando mantener el diseño que no cabe en el pie pero obrando el milagro de que entre. Herramientas de trabajo: set de trabajo en cuero, vaselina, serrucho y algodón, para rellenos o para cortar la hemorragia...
Así que si de mí dependiese la contratación de un nuevo programador, las habilidades imprescindibles serían:
- Rapidez de reflejos. Los topos son veloces.
- Habilidad en la pesca. A ser posible, manos con dibujo de neumático, para un mejor agarre.
- Paciencia infinita. Dicen que es un requisito para la pesca, y no lo es menos para la caza de topos.
- Vena McGyver. Con una aguja y un parche de cuero hay que currarse réplicas de Manolos en tiempo récord.
- Cierto toque psicópata. Al fin y al cabo, si tiene que mutilar, que disfrute con ello, ¿no?
- Saber cambiar las bobinas de papel continuo secamanos. Cuando el papel de manos se ha terminado, la toalla siempre está mojada (ley de Murphy apócrifa sobre los retretes en las oficinas).
Buenas noches, y buena suerte...
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miércoles, septiembre 12, 2007
De vuelta a las trincheras
Pues sí, señores y erizas. Después de mi fulgurante aventura a las órdenes del tío Sam, he decidido reengancharme, así que vuelta a las escaramuzas.
En esta ocasión ya cuento con cierta experiencia, y al parecer he aterrizado en un ejército con más medios . Basta decir que en lugar de cargarme charlies con un palillo, me han dado un arma y todo (¡ay! si añadiesen balas...).
La llegada siempre es emocionante. Después de firmar, me viene a recoger la teniente O'Neal en persona. Me da un garbeo por el cuartelillo y me presenta a la plana mayor de los oficiales. Tanto galón junto puede provocar indigestión, pero de momento salgo vivo y entero del encuentro. Acto seguido me comunican que durante los próximos meses voy a estar prestando apoyo a otra compañía, así que me presenta a la sargento. Mi sargento me hace una nueva ronda, en esta ocasión, con los demás sargentos y suboficiales. Después de compartir unos cuantos chistes y cotilleos con gente a la que a partir de mañana tendré que saludar cuadrándome, decide explicarme la situación:
- A ver, soldado, ¿conoce usted la república de Bananistán?
- Así en frío, mis sargento...
- Sí, hombre, que antes se llamaba Bananalandia.
- ¡Ah, Bananalandia...! los que exportaban plátanos, ¿no?
- Sí, plátanos... Bueno, pues son uno de nuestros aliados tácticos y tienen problemas, así que nos toca mojarnos el culo. Como parte de nuestro acuerdo de colaboración, nos compran el cañón de asalto MAT-A-MAT-A47, a cambio de una generosa suma de plátanos, pero como no quieren devaluar su materia de exportación, nos lo compran a plazos: una piña de plátanos y les montamos un trozo, otra piña y hacemos unas reparaciones... Total, que el cañón que tienen ahora está montado con la mitad de las piezas y sin tornillos.
- Bueno, es cosa de ir montando lo demás y...
- No, soldado. Lo querían operativo en la primera entrega, así que está funcionando y disparando.
- ¿Sin tornillos? Pero eso es un suicidio...
- Nunca discutas con un aliado, eso es cosa de los jefes... Tu misión consiste en hacer los apaños necesarios en el cañón, para que quede operativo y seguro.
- Bueno, por lo menos han entrado en razón.
- Negativo. Tienes dos piñas de plátanos. Haz reparaciones hasta que se agoten, luego lo dejas, pero que quede plenamente funcional.
- ¡Sus órdenes, mi sargento!
- Tendrás un compañero en esta misión...
- Menos mal, porque así, en frío, sin conocer el cañón ni nada...
- ... que se incorporará en dos semanas. Mientras tanto estás solo.
- ... (Y jodido, cabe añadir).
- De momento ve planeando las reparaciones y estudiando como está montado el cañón. ¡AR!
Cuando recuperé el color en las mejillas me encontraba rodeado de caras casi desconocidas, con los planos de IKEA del cañoncito de marras, intentando averiguar si el tornillo Gesterfeizcer es lo que el resto de los mortales conocemos como Allen...
Conforme pasaban los días, fui conociendo a más gente de mi nueva unidad:
Corto y cierro.
En esta ocasión ya cuento con cierta experiencia, y al parecer he aterrizado en un ejército con más medios . Basta decir que en lugar de cargarme charlies con un palillo, me han dado un arma y todo (¡ay! si añadiesen balas...).
La llegada siempre es emocionante. Después de firmar, me viene a recoger la teniente O'Neal en persona. Me da un garbeo por el cuartelillo y me presenta a la plana mayor de los oficiales. Tanto galón junto puede provocar indigestión, pero de momento salgo vivo y entero del encuentro. Acto seguido me comunican que durante los próximos meses voy a estar prestando apoyo a otra compañía, así que me presenta a la sargento. Mi sargento me hace una nueva ronda, en esta ocasión, con los demás sargentos y suboficiales. Después de compartir unos cuantos chistes y cotilleos con gente a la que a partir de mañana tendré que saludar cuadrándome, decide explicarme la situación:
- A ver, soldado, ¿conoce usted la república de Bananistán?
- Así en frío, mis sargento...
- Sí, hombre, que antes se llamaba Bananalandia.
- ¡Ah, Bananalandia...! los que exportaban plátanos, ¿no?
- Sí, plátanos... Bueno, pues son uno de nuestros aliados tácticos y tienen problemas, así que nos toca mojarnos el culo. Como parte de nuestro acuerdo de colaboración, nos compran el cañón de asalto MAT-A-MAT-A47, a cambio de una generosa suma de plátanos, pero como no quieren devaluar su materia de exportación, nos lo compran a plazos: una piña de plátanos y les montamos un trozo, otra piña y hacemos unas reparaciones... Total, que el cañón que tienen ahora está montado con la mitad de las piezas y sin tornillos.
- Bueno, es cosa de ir montando lo demás y...
- No, soldado. Lo querían operativo en la primera entrega, así que está funcionando y disparando.
- ¿Sin tornillos? Pero eso es un suicidio...
- Nunca discutas con un aliado, eso es cosa de los jefes... Tu misión consiste en hacer los apaños necesarios en el cañón, para que quede operativo y seguro.
- Bueno, por lo menos han entrado en razón.
- Negativo. Tienes dos piñas de plátanos. Haz reparaciones hasta que se agoten, luego lo dejas, pero que quede plenamente funcional.
- ¡Sus órdenes, mi sargento!
- Tendrás un compañero en esta misión...
- Menos mal, porque así, en frío, sin conocer el cañón ni nada...
- ... que se incorporará en dos semanas. Mientras tanto estás solo.
- ... (Y jodido, cabe añadir).
- De momento ve planeando las reparaciones y estudiando como está montado el cañón. ¡AR!
Cuando recuperé el color en las mejillas me encontraba rodeado de caras casi desconocidas, con los planos de IKEA del cañoncito de marras, intentando averiguar si el tornillo Gesterfeizcer es lo que el resto de los mortales conocemos como Allen...
Conforme pasaban los días, fui conociendo a más gente de mi nueva unidad:
- Pete: El payaso oficial del grupo. Si esto fuese una peli bélica (y lo parece) es el soldado chistoso que en la penúltima escena te cuenta que tiene una preciosa novia esperándolo en Alabama justo antes de que se lo carguen de un tiro de mortero. Con la boca en una media sonrisa perpetua, nunca sabes si va a soltar un chistecito o a quejarse de lo jodidos que andamos.
- Joe: Con unos años encima sería el típico sargento chusquero. Bajo, fuerte, compacto, el tío desprende solidez y seriedad. Empezó en el ejército de recadero y ha llegado a cabo. Se ve que está muy curtido.
- Abe: Compoarte muchas carácterísticas con Joe. También desprende solidez y da confianza, pero suele dejar más a la vista su vena sarcástica, para aliviar la tensión.
- Vic: Este es de Inteligencia seguro. Tiene más porte que cualquiera de los oficiales, y sin embargo te suele hacer reír en cualquier momento.
- Andy: Mercenario, su contrato está a punto de vencer. Siendo tan pequeño tiene que ser bueno, o aquí no habría durado.
- Serge: Operador de comunicaciones. Es el mejor en lo que hace, o le gusta dar esa impresión.
- Ford: Mi compañero de fatigas en el chollo de Bananistán. Un profesional con un brillante futuro como oficial. El primer día que se incorporó desmanteló dos puestos de ametralladoras de los charlies mientras yo leía las instrucciones de mi fusil. Ahí es nada.
Corto y cierro.
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sábado, febrero 11, 2006
Si Sansón tuviese que pasar por caja
Supongo que todos conocéis esas promociones que salen en las películas del estilo de "¡¡¡¡Enhorabuena!!!! ¡Es usted nuestro cliente un millón!", y entonces al tipo le regalan un viaje, la compra gratis o un globito, que siempre queda bien. Todo eso mola mucho, y tal, pero... ¿alguna vez os habéis preguntado cómo se sienten el 999.999 y el 1.000.001 cuando lo oyen? Seguro que se les queda cara de gilipollas o de ahí pa arriba, pensando "¡Mierda!, si llego a pararme a pillar los tomates..." o "¡Perra suerte! Si no se me hubiera colado la vieja en la carnicería...". Pues eso mismo, pero en plan cutre-que-te-cagas me pasó a mí ayer, aunque no por cutre jode menos.
Ayer me pegó por ir a cortarme el pelo. Aunque me cae a desmano, me gusta ir a esa peluquería por varios motivos:
Ya sé que no es mucha pasta, y tampoco llegó a aguarme la fiesta, pero me quedé con el cuerpo cambiado con el cliente 1.000.001: "¿Por qué coño no vendría ayer en lugar de estar toda la tarde rascándomela?". Vale, no será mucha pasta, pero es más del 50% de diferencia, y aún por encima te quedas con la cara de gilipollas más auténtica que te puedas encontrar.
En fin, lección aprendida. La próxima vez que me vaya a cortar el pelo, consultaré el calendario, mi horóscopo, las fases lunares, los huesos y las runas y, además, puede que pregunte al entrar. Me ahorraré sorpresas.
Por último, reseñar, por si no os habéis dado cuenta, que la sección de comentarios ha sido oficialmente desvirgada, por lo que toca repartir el primer chocapic en la historia de este blog, y la ganadora es... ¡¡¡Noe!!! Hala, no sé a qué esperáis para daros una vuelta por su blog en premio, que está de lo más interesante (ver sección de links).
Para ir poniéndoos los dientes largos, os diré que he logrado domar el tigre con éxito, y puede que incluso os lo cuente en un próximo post, aunque temo ponerme demasiado técnico...
Hala, pasáoslo bien y no seáis demasiado buenos.
Ayer me pegó por ir a cortarme el pelo. Aunque me cae a desmano, me gusta ir a esa peluquería por varios motivos:
- Es todo personal femenino. Alguno pensará que esto no importa mucho, pero personalmente no soporto que mi peluquero (el otro al que voy cuando no estoy en la ciudad) discuta sobre fútbol airadamente mientras mira hacia su interlocutor y sigue pegando tijeretazos peligrosamente cerca de mi cabeza (a veces temo por mis orejas). En lugar de eso, estas amables peluqueras son todo amabilidad y sonrisas, y los que me conocen saben que tengo debilidad por las sonrisas femeninas...
- Me lavan la cabeza antes y después de cortar el pelo. Por si alguno de vosotros no ha probado, os diré que es una gozada el masajillo que pueden dar unas manos expertas mientras te enjabonan y te aclaran. Siempre salgo de allí de buen humor.
- Cortan el pelo razonablemente bien, es decir, deciden dejar las escaleras para los albañiles, lo que para mí es como si me dejasen como al Beckham, o mejor.
- Y por último y más importante, todo ello por el módico precio de 5.90 €.
Ya sé que no es mucha pasta, y tampoco llegó a aguarme la fiesta, pero me quedé con el cuerpo cambiado con el cliente 1.000.001: "¿Por qué coño no vendría ayer en lugar de estar toda la tarde rascándomela?". Vale, no será mucha pasta, pero es más del 50% de diferencia, y aún por encima te quedas con la cara de gilipollas más auténtica que te puedas encontrar.
En fin, lección aprendida. La próxima vez que me vaya a cortar el pelo, consultaré el calendario, mi horóscopo, las fases lunares, los huesos y las runas y, además, puede que pregunte al entrar. Me ahorraré sorpresas.
Por último, reseñar, por si no os habéis dado cuenta, que la sección de comentarios ha sido oficialmente desvirgada, por lo que toca repartir el primer chocapic en la historia de este blog, y la ganadora es... ¡¡¡Noe!!! Hala, no sé a qué esperáis para daros una vuelta por su blog en premio, que está de lo más interesante (ver sección de links).
Para ir poniéndoos los dientes largos, os diré que he logrado domar el tigre con éxito, y puede que incluso os lo cuente en un próximo post, aunque temo ponerme demasiado técnico...
Hala, pasáoslo bien y no seáis demasiado buenos.
martes, febrero 07, 2006
Viajar en taxi y otros deportes de riesgo
Últimamente me veo tomando taxis con cierta frecuencia, lo que ,aparte de golpear mi bolsillo con la furia de un experto en jet-kune-do, me ha permitido ir acumulando toda suerte de nuevas experiencias, así como rememorar viejas y vaticinar futuras.
Todo esto deriva de que el otro día, mientras iba en un taxi, éste cerró a otro conductor, que tuvo a bien mostrar su disgusto colocándose a la par del taxi en el siguiente semáforo e increpando al taxista con todos los calificativos que yo desaconsejaría si buscáis hacer amigos y consevar los dientes. El taxista, a su vez, los devolvía con un estilo tenístico que ni la Sharapova, aunque con menos gracia y salero (etcétera). En algún momento de tan interesante peloteo comenzó una interesante subasta de hostias (que si te las voy a dar; que si tu madre si que me las da; que porque llevas clientes, que si no...). Esto, si bien le daba cierta intriga a la situación (un nuevo giro argumental, que dirán los cinéfilos y/o aficionados a la novela) no dejaba de ser preocupante para mí y para mi acompañante, bien porque la voz de nuestro taxista no transmitía confianza (sonaba como si fues un poco achispao, aunque dudo que fuese cierto), bien porque me veía en un dilema si la cosa pasaba a mayores. A saber: arriesgo mis dientes defendiendo al taxista o me mantengo al margen, con dolor de conciencia y sin taxista. Cuando ya me estaba mentalizando para la opción A, hubo suerte y lo zanjaron con una ración extra de insultos, lo cual me alivió bastante pero dio origen a uno de los viajes en taxi más tensos que recuerdo (algún día tendré que hacer alguna clase de top ten o similar).
Este suceso se me quedó rondando por la cabeza y llamó mi atención sobre lo difíciles que se pueden poner las cosas cuando tu vida (o tu viaje) es confiada a manos desconocidas. Te la juegas en cada lance de la conversación porque, admitámoslo querido público, va a haber conversación. Sí o sí. Por cojones. Por los cojones del taxista.
La conversación no está tan mal cuando te toca un taxista agradable, simpático o razonablemente chalado (tirando pal lado bueno), pero demasiado a menudo se ancla en la modalidad que he bautizado "La conversación rusa". Ésta suele aparecer de forma inofensiva, como la típica conversación del tiempo. Es la fase uno, hacer que la víctima se confíe con una típica conversación de ascensor ("Hay que ver como ha refrescado", "Ya lo creo, a ver si acaba el invierno"). Entramos luego en la fase dos, o fase crítica, en la que se nos presenta un conjunto de opciones en el que sabemos de antemano que hay algunas con las que te juegas la vida; el problema es que no sabes con cuáles ("¿Qué te parece lo del Dépor?","Hay que joderse con el Madrid este año..."). Si habéis llegado a este punto, sabed que estáis bien jodidos.
No es que no se pueda salir del brete, pero suele requerir unas dosis de habilidad, oportunidad y suerte fuera de lo común, amén de un cierto conocimiento de la situación. Seguro que todos conocéis la típica pregunta trampa made in novias: "Cariño, ¿estoy gorda?". No me extenderé en el tema, porque está muy bien tratado en un capítulo de Friends, pero sólo los reflejos pueden salvarte en este caso (practicad ante el espejo, debéis ser capaces de soltar un "No" convincente con un tiempo de respuesta inferior a medio segundo).
En realidad, y sacando el tema de las novias, esto se parece más a una conversación/cena/acontecimiento con los suegros, porque además de la rapidez, tienes que elegir una opción. Situación:
Cenas con los padres de la chica (Dios y no yo sabrá por qué te has metido en semejante berenjenal). Entonces, el padre va a trinchar el pollo y te pregunta, con voz de corderito y ojos de carnicero (pero carnicero de Auswichtz) "¿Qué prefieres MUSLO o PECHUGA?". Es peor que el ya clásico "¿Qué intenciones tienes para con mi hija?". Salir airoso depende de la inspiración del momento, pero más te vale que ésta se concrete en algo del estilo de "Soy vegetariano", porque si no el trinchado puedes acabar siendo tú. Pero estoy divagando...
El caso con las conversaciones-trampa de los taxis es que se las ve venir por los temas que tocan, a saber: la juventud de hoy en día (hazte el sueco), política (no emitas ningún sonido inteligble) y fútbol (huye, salta del taxi en marcha). Si no puedes hacer nada de esto, Dios te pille confesao, pero las consecuencias pueden ir desde que tengas que sufrir un viaje-sermón, de adoctrinamiento sobre lo equivocada de tu posición, hasta que te planten el taxi y te pongan de patitas en la calle.
Por todo esto, sin ánimo de parecer antisocial, mis viajes preferidos son los que más se parezcan al tren: sin conversación y mirando por la ventanilla. Cualquier cosa que se aleje de aquí, por bien que pinte, puede acabar en desastre.
Y con esto os voy dejando por hoy, que ya me he extendido a conciencia. Si alguien quiere compartir sus experiencias adelante, será bien recibido (todavía hay un chocapic esperando al primer comentario :P).
Todo esto deriva de que el otro día, mientras iba en un taxi, éste cerró a otro conductor, que tuvo a bien mostrar su disgusto colocándose a la par del taxi en el siguiente semáforo e increpando al taxista con todos los calificativos que yo desaconsejaría si buscáis hacer amigos y consevar los dientes. El taxista, a su vez, los devolvía con un estilo tenístico que ni la Sharapova, aunque con menos gracia y salero (etcétera). En algún momento de tan interesante peloteo comenzó una interesante subasta de hostias (que si te las voy a dar; que si tu madre si que me las da; que porque llevas clientes, que si no...). Esto, si bien le daba cierta intriga a la situación (un nuevo giro argumental, que dirán los cinéfilos y/o aficionados a la novela) no dejaba de ser preocupante para mí y para mi acompañante, bien porque la voz de nuestro taxista no transmitía confianza (sonaba como si fues un poco achispao, aunque dudo que fuese cierto), bien porque me veía en un dilema si la cosa pasaba a mayores. A saber: arriesgo mis dientes defendiendo al taxista o me mantengo al margen, con dolor de conciencia y sin taxista. Cuando ya me estaba mentalizando para la opción A, hubo suerte y lo zanjaron con una ración extra de insultos, lo cual me alivió bastante pero dio origen a uno de los viajes en taxi más tensos que recuerdo (algún día tendré que hacer alguna clase de top ten o similar).
Este suceso se me quedó rondando por la cabeza y llamó mi atención sobre lo difíciles que se pueden poner las cosas cuando tu vida (o tu viaje) es confiada a manos desconocidas. Te la juegas en cada lance de la conversación porque, admitámoslo querido público, va a haber conversación. Sí o sí. Por cojones. Por los cojones del taxista.
La conversación no está tan mal cuando te toca un taxista agradable, simpático o razonablemente chalado (tirando pal lado bueno), pero demasiado a menudo se ancla en la modalidad que he bautizado "La conversación rusa". Ésta suele aparecer de forma inofensiva, como la típica conversación del tiempo. Es la fase uno, hacer que la víctima se confíe con una típica conversación de ascensor ("Hay que ver como ha refrescado", "Ya lo creo, a ver si acaba el invierno"). Entramos luego en la fase dos, o fase crítica, en la que se nos presenta un conjunto de opciones en el que sabemos de antemano que hay algunas con las que te juegas la vida; el problema es que no sabes con cuáles ("¿Qué te parece lo del Dépor?","Hay que joderse con el Madrid este año..."). Si habéis llegado a este punto, sabed que estáis bien jodidos.
No es que no se pueda salir del brete, pero suele requerir unas dosis de habilidad, oportunidad y suerte fuera de lo común, amén de un cierto conocimiento de la situación. Seguro que todos conocéis la típica pregunta trampa made in novias: "Cariño, ¿estoy gorda?". No me extenderé en el tema, porque está muy bien tratado en un capítulo de Friends, pero sólo los reflejos pueden salvarte en este caso (practicad ante el espejo, debéis ser capaces de soltar un "No" convincente con un tiempo de respuesta inferior a medio segundo).
En realidad, y sacando el tema de las novias, esto se parece más a una conversación/cena/acontecimiento con los suegros, porque además de la rapidez, tienes que elegir una opción. Situación:
Cenas con los padres de la chica (Dios y no yo sabrá por qué te has metido en semejante berenjenal). Entonces, el padre va a trinchar el pollo y te pregunta, con voz de corderito y ojos de carnicero (pero carnicero de Auswichtz) "¿Qué prefieres MUSLO o PECHUGA?". Es peor que el ya clásico "¿Qué intenciones tienes para con mi hija?". Salir airoso depende de la inspiración del momento, pero más te vale que ésta se concrete en algo del estilo de "Soy vegetariano", porque si no el trinchado puedes acabar siendo tú. Pero estoy divagando...
El caso con las conversaciones-trampa de los taxis es que se las ve venir por los temas que tocan, a saber: la juventud de hoy en día (hazte el sueco), política (no emitas ningún sonido inteligble) y fútbol (huye, salta del taxi en marcha). Si no puedes hacer nada de esto, Dios te pille confesao, pero las consecuencias pueden ir desde que tengas que sufrir un viaje-sermón, de adoctrinamiento sobre lo equivocada de tu posición, hasta que te planten el taxi y te pongan de patitas en la calle.
Por todo esto, sin ánimo de parecer antisocial, mis viajes preferidos son los que más se parezcan al tren: sin conversación y mirando por la ventanilla. Cualquier cosa que se aleje de aquí, por bien que pinte, puede acabar en desastre.
Y con esto os voy dejando por hoy, que ya me he extendido a conciencia. Si alguien quiere compartir sus experiencias adelante, será bien recibido (todavía hay un chocapic esperando al primer comentario :P).
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